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viernes, 30 de enero de 2009

En busca de mi historia

Siempre tuve el deseo de escribir algo sobre mi lugar de nacimiento, mi querido pueblo de Chiquián, pero como había vivido allí muy poco, tan solo mis primeros 10 años, y particularmente no había pasado mi adolescencia ni mi juventud, no disponía de las experiencias que en esa edad el ser humano pasa. Periodo en el que se cuajan las costumbres, se aprenden canciones, se crean apodos, surgen las primeras experiencias amorosas, te inicias a ejecutar algún instrumento musical, comienzas defendiendo en serio las casaquillas de los clásicos equipos de futbol, visitas en caravanas los parajes legendarios narrados por nuestros padres y abuelos. Todo eso permite estrechar y consolidar la amistad entre tus contemporáneos, una amistad a prueba de cualquier contratiempo que la vida depare.

Por ello, cuando leía, las anécdotas y las crónicas, en las páginas web de Chiquián, escritas por Nalo Alvarado, Efraín Vásquez o Pepe Alva (recientemente), me sentía casi minusválido, amputado. Algo de mi propia historia estaba borrado, me corroía la necesidad de reconstruirla, y también compartirla escribiendo. Pero, qué podría decir si no recuerdo el nombre exacto de aquellos bellos lugares ni de los pintorescos personajes, que por momentos parezco recordarlas cuando leo las narraciones y veo las fotos, en la pantalla de mi computador.
Durante mi juventud y estudiante de universidad, de vez en cuando, tenía la oportunidad de compartir juergas con algunos amigos chiquianos de mi época, y aun cuando hacía esfuerzos por integrarme y desenvolverme plenamente no lo podía, porque, o no me sabía las letras de las canciones, o no recordaba el nombre de algún protagonista de la historia, o también, era uno de los pocos que no ejecutaban la guitarra ni cantaba con el sabor de ellos. Es decir, no podía añadir nada, nuestras experiencias conjuntas solo eran de la niñez y no de aquella edad maravillosa.

Por ese periodo estaba en otro lugar compartiendo mi secundaria con otros niños y adolescentes, con los que iniciábamos nuestra amistad pero no podíamos conversar nada sobre nuestras historias interrumpidas dejadas en nuestros pueblos; éramos nuevos en todo y no daba tiempo para afianzarla (la amistad), pues algunos se retiraban en el siguiente año o se trasladaban de colegio. Como fue el caso mío cuando tuve que moverme a la capital de la república para hacer los estudios de cuarto y quinto año, allí nuevamente debía comenzar la historia con nuevos estudiantes.

Ellos no te recibían tan amablemente, claro, porqué deberían hacerlo, era un nuevo el que llegaba y de manera natural ellos me mantenían alejado (o tal vez era yo el que se alejaba), aunque me guardaban cierto reconocimiento, mas por mi dedicación al estudio que por que significara algo. Hoy, creo más bien que tenían pena de verme solo. Ellos eran algunas veces crueles cuando se referían al cholo, al serrano y, yo era definitivamente uno de tales, había venido de Ancash, de un pequeño pueblo desconocido, ubicado a 3300 m snm, con ellos jamás fui a algún lugar de paseo, ni supe de campeonatos intersecciones, ni coros o veladas teatrales. Mi situación empeoraba si tomamos en cuenta mi baja estatura, que no me permitía ningún destaque físico, ellos eran mucho más altos, porque me llevaban mucha edad; ciertamente llegué al aula de mayor edad y menor rendimiento del colegio, era la sección F, los mejores y más aplicados estaban en la sección A y B. Había ido a parar a tal colegio y aula, porque no tenía otra posibilidad de ingresar a algún colegio. Consecuentemente, nunca pude consolidar amistad en secundaria sea por el tiempo o naturaleza humana. Tanto que no conozco ninguna asociación de egresados de dicho colegio, tal como los guadalupanos. Éramos un colegio chico de escaso reconocimiento. A pesar que en los exámenes de ingreso, tenían cierta presencia.

Recuerdo que el profesor que nos enseñaba Educación Cívica, con su voz gruesa y estridente, nos decía que había tenido alumnos de lo peor en esta sección F, como aquel que subido al techo de su primer piso soltó un ladrillo, justo a la cabeza de una persona que se hallaba de cuclillas tras de su casa, urgido por las necesidades humanas, y simplemente lo mató. Esta historia, nos la exponía para decirnos que de esta sección se esperaba solo lo peor y que no habría posibilidades que algún estudiante alcanzaría la universidad, no solo por su decisión sino porque traían en sus genes cierta predisposición para la indisciplina. En esta aula, los días viernes entre las 12 y 1 pm, nos tocaba religión, el profesor era un padre anciano, de hábito negro, ajado hasta descolorido, de unos 80 años, los alumnos bloqueaban la puerta con una carpeta, como el padre no tendría fuerza suficiente, terminaba desistiendo de ingresar, con lo que la clase no se realizaba y la mañana terminaba mucho antes de la 1 pm, y los alumnos mas avezados lograban salir del colegio y presurosos se dirigían a jugar billas en alguna de las casas vecinas.

Mientras estas anécdotas me ocurrían en Lima, allá en Chiquián, mis contemporáneos construían su propia historia basadas en las contadas por sus padres, abuelos o vecinos. Disponían todo el tiempo para revisitarlas, palmo a palmo y olfatear las tierras, los prados, los animales, hasta sentir el mismo sabor que sus antecesores, de ese modo reconstruían y daban continuidad a su cultura, a nuestra cultura. Cosa que en Lima, nunca sentí cual cultura seguir, ni en música, ni en fiestas patronales, ni en días festivos, era un extraño en esta metrópoli indiferente e insensible.

En Chiquián las mejores crónicas o huaynos cantados por sus padres y los más conspicuos cantores, contenían citas, estrofas o fugas en quechua, por lo que se vieron obligados a aprender el idioma de los Incas. Cosa que se destaca para mi asombro y deleite, cuando les oigo puntear la guitarra y entonar huaynos con sonidos que en mi infancia solía percibir cuando cruzaba presuroso las puertas de Racrish o Penco, mientras la oscuridad dejaba ver solo siluetas de sombrero y ponchos. Estos recuerdos, que agradezco, me devuelven parte de mi historia olvidada que la busco, y va surgiendo tímidamente como es el caso del gran cantor Bellota, a quien si lo vi caminar en Chiquián por barrio arriba, pero nunca escuchar su legendaria voz. Eso no quita mi incomodidad de no haber aprendido algo de quechua.
Ahora que tengo edad avanzada, y trato de hilvanar ideas para sentir las mismas palpitaciones, que habría sentido el creador de alguno de los huaynos insignias, solo alcanzo a imaginar el frio intenso de junio, el foco de luz débil de la esquina, con decenas de mariposas a su alrededor, y allí sobre el empedrado, al bardo juvenil acompañado de sus amigos, todos con sombrero color paja, bufanda y poncho abano, empuñando guitarras, y cantándole a su musa adolescente.

Esfuerzos similares o mayores, realicé para recordar nombres, imágenes, cantos etc, pero como no venían a mi memoria opté por no escribir nada sobre mi infancia ni mi pueblo, simplemente por temor a hacer el ridículo. Aún cuanto creía, y creo, que lo importante no es que te lean, sino que escribas cuando quieres. A pesar de eso, como dice una canción, “todo tiene su final”. Hoy, considerando la facilidad de poner un texto en alguna página web, sin ningún arbitraje, me atrevo a escribir este blog, sin ninguna vergüenza, porque siendo libre de poner los textos, no requeriré de pertenecer a alguna organización de escribidores, ni someterme al escrutinio de comités de revisión integrados por “consagrados” escritores. Me bastará decir que aún viviendo muy alejado del valle de Aynín, siempre sentiré que mis raíces provienen de ella, y que mi sangre roja se nutre de los pocos recuerdos de mi querido Chiquián, que uniendo cabos intentaré construir con cierta fantasía mi propia historia la cual quedó oculta entre los árboles, kikuyos, pacchas, pencas, hierba santas, guegue almas. E, interrumpida por volar a otras localidades en busca de “mejores oportunidades”, sin embargo en ellas jamás logré integrarme a plenitud como lo estoy con mi querido Chiquián, “Espejito de Cielo”.


Bogota, 9 de Noviembre de 2008

jueves, 15 de enero de 2009

En busca de mi historia

Siempre tuve el deseo de escribir algo sobre mi lugar de nacimiento, mi querido pueblo de Chiquián, pero como había vivido allí muy poco, tan solo mis primeros 10 años, y particularmente no había pasado mi adolescencia ni mi juventud, no disponía de las experiencias que en esa edad el ser humano pasa. Periodo en el que se cuajan las costumbres, se aprenden canciones, se crean apodos, surgen las primeras experiencias amorosas, te inicias a ejecutar algún instrumento musical, comienzas defendiendo en serio las casaquillas de los clásicos equipos de futbol, visitas en caravanas los parajes legendarios narrados por nuestros padres y abuelos. Todo eso permite estrechar y consolidar la amistad entre tus contemporáneos, una amistad a prueba de cualquier contratiempo que la vida depare.

Por ello, cuando leía, las anécdotas y las crónicas, en las páginas web de Chiquián, escritas por Nalo Alvarado, Efraín Vásquez o Pepe Alva (recientemente), me sentía casi minusválido, amputado. Algo de mi propia historia estaba borrado, me corroía la necesidad de reconstruirla, y también compartirla escribiendo. Pero, qué podría decir si no recuerdo el nombre exacto de aquellos bellos lugares ni de los pintorescos personajes, que por momentos parezco recordarlas cuando leo las narraciones y veo las fotos, en la pantalla de mi computador.

Durante mi juventud y estudiante de universidad, de vez en cuando, tenía la oportunidad de compartir juergas con algunos amigos chiquianos de mi época, y aun cuando hacía esfuerzos por integrarme y desenvolverme plenamente no lo podía, porque, o no me sabía las letras de las canciones, o no recordaba el nombre de algún protagonista de la historia, o también, era uno de los pocos que no ejecutaban la guitarra ni cantaba con el sabor de ellos. Es decir, no podía añadir nada, nuestras experiencias conjuntas solo eran de la niñez y no de aquella edad maravillosa.

Por ese periodo, estaba en otro lugar, compartiendo mi secundaria con otros niños y adolescentes, con los que iniciábamos nuestra amistad pero no podíamos conversar nada sobre nuestras historias interrumpidas dejadas en nuestros pueblos; éramos nuevos en todo, y no daba tiempo para afianzarla (la amistad), pues algunos se retiraban en el siguiente año o se trasladaban de colegio. Como fue el caso mío cuando tuve que moverme a la capital de la república para hacer los estudios de cuarto y quinto año, allí nuevamente debía comenzar la historia con nuevos estudiantes.

Ellos no te recibían tan amablemente, claro, porqué deberían hacerlo, era un nuevo el que llegaba, y de manera natural ellos me mantenían alejado (o tal vez era yo el que se alejaba), aunque me guardaban cierto reconocimiento, mas por mi dedicación al estudio que por que significara algo. Hoy, creo que más bien tenían pena de verme solo. Ellos eran algunas veces crueles cuando se referían al cholo, al serrano y, yo era definitivamente uno de tales, había venido de Ancash, de un pequeño pueblo desconocido, ubicado a 3300 m snm, con ellos jamás fui a algún lugar de paseo, ni supe de campeonatos intersecciones, ni coros o veladas teatrales. Mi situación empeoraba si tomamos en cuenta mi baja estatura, que no me permitía ningún destaque físico, ellos eran mucho más altos, porque me llevaban mucha edad, ciertamente llegué al aula de mayor edad y menor rendimiento del colegio, era la sección F, los mejores y más aplicados estaban en la sección A y B. Había ido a parar a tal colegio y aula, porque no tenía otra posibilidad de ingresar a algún colegio. Consecuentemente, nunca pude consolidar amistad en secundaria sea por el tiempo o naturaleza humana. Tanto que no conozco ninguna asociación de egresados de dicho colegio, tal como los guadalupanos. Éramos un colegio chico de escaso reconocimiento. A pesar que en los exámenes de ingreso, tenían cierta presencia.

Recuerdo que el profesor que nos enseñaba Educación Cívica, con su voz gruesa y estridente, nos decía que había tenido alumnos de lo peor en esta sección F, como aquel que subido al techo de su primer piso soltó un ladrillo, justo a la cabeza de una persona que se hallaba sentado tras de su casa, deponiendo, y simplemente lo mató. Esta historia, nos la exponía para decirnos que de esta sección se esperaba solo lo peor y que no habría posibilidades que algún estudiante alcanzaría la universidad, no solo por su decisión sino porque traían en sus genes cierta predisposición para la indisciplina. En esta aula, los días viernes entre las 12 y 1 pm, nos tocaba religión, el profesor era un padre anciano, de hábito negro, ajado hasta descolorido, de unos 80 años, los alumnos bloqueaban la puerta con una carpeta, como el padre no tendría fuerza suficiente, terminaba desistiendo de ingresar, con lo que la clase no se realizaba y la mañana terminaba mucho antes de la 1 pm, y los alumnos mas avezados lograban salir del colegio y presurosos se dirigían a jugar billas en alguna de las casas vecinas.

Mientras estas anécdotas me ocurrían en Lima, allá en Chiquián, mis contemporáneos construían su propia historia basadas en las contadas por sus padres, abuelos o vecinos. Disponían todo el tiempo para revisitarlas, palmo a palmo y olfatear las tierras, los prados, los animales, hasta sentir el mismo sabor que sus antecesores, de ese modo reconstruían y daban continuidad a su cultura, a nuestra cultura. Cosa que en Lima, nunca sentí cual cultura seguir, ni en música, ni en fiestas patronales, ni en días festivos, era un extraño en esta metrópoli indiferente e insensible.

En Chiquián las mejores crónicas o huaynos cantados por sus padres y los más conspicuos cantores, contenían citas, estrofas o fugas en quechua, por lo que se vieron obligados a aprender el idioma de los Incas. Cosa que se destaca para mi asombro y deleite, cuando les oigo puntear la guitarra y entonar huaynos con sonidos que en mi infancia solía percibir cuando cruzaba presuroso las puertas de Racrish o Penco, mientras la oscuridad dejaba ver solo siluetas de sombrero y ponchos. Estos recuerdos, que agradezco, me devuelven parte de mi historia olvidada que la busco, y va surgiendo tímidamente como es el caso del gran cantor Bellota, a quien si lo vi caminar en Chiquián por barrio arriba, pero nunca escuchar su legendaria voz. Eso no quita mi incomodidad de no haber aprendido algo de quechua.

Ahora que tengo edad avanzada, y trato de hilvanar ideas para sentir las mismas palpitaciones, que habría sentido el creador de alguno de los huaynos insignias, solo alcanzo a imaginar el frio intenso de junio, el foco de luz débil de la esquina, con decenas de mariposas a su alrededor, y allí sobre el empedrado, al bardo juvenil acompañado de sus amigos, todos con sombrero color paja, bufanda y poncho abano, empuñando guitarras, y cantándole a su musa adolescente.
Esfuerzos similares o mayores, realicé para recordar nombres, imágenes, cantos etc, pero como no venían a mi memoria opté por no escribir nada sobre mi infancia ni mi pueblo, simplemente por temor a hacer el ridículo. Aún cuanto creía, y creo, que lo importante no es que te lean, sino que escribas cuando quieres. A pesar de eso, como dice una canción, “todo tiene su final”. Hoy, considerando la facilidad de poner un texto en alguna página web, sin ningún arbitraje, me atrevo a escribir este blog, sin ninguna vergüenza, porque llamándome HUAIRURO, costará identificarme y pasaré tranquilo frente a los “veteranos” escritores. Sin embargo estos colores reflejarán que aún viviendo muy alejado del valle de Aynín, siempre sentiré que mis raíces provienen de ella, y que mi sangre roja se nutre de los pocos recuerdos de mi querido Chiquián, que uniendo cabos intentaré construir con cierta fantasía mi propia historia la cual quedó oculta entre los árboles, kikuyos, pacchas, pencas, yerba santas, guegue almas. E, interrumpida por volar a otras localidades en busca de “mejores oportunidades”, sin embargo en ellas jamás logré integrarme a plenitud como lo estoy con mi querido Chiquián, “Espejito de Cielo”.

miércoles, 14 de enero de 2009

Visitando al Barrio de Oro Puquio

En la tarde del sábado, mientras la fiesta del cortamonte, concentraba a la gente en la plaza de armas, caminé hacia el puente Cantucho, lugar representativo de este barrio, pasé por la casa de mi tio Beto (Núñez), nuestro recordado sanitario, que en su haber tiene haber salvado muchas vidas, pero también de haber cazado otras.

Figura 1. Portal de ingreso de la casa de mi tío Beto y tía Alicha, lugar especial para el Pari.


Figura 2. Linda foto de don Beto como cazador. Foto tomada a la foto de la casa fotográfica de la calle comercio con su permiso.


La sequia que cruzaba la vía estaba cubierta de cemento (canalizada) y no había más rastro de aquel recordado puente. El puente Cantucho, estaba por ahí, la canalización lo desapareció.


Parado sobre la esquina miraba, abriendo las páginas empolvadas de mi niñez, cuando con mi primo Edgar (hijo de don Beto), corríamos tras los becerros para llevarlos hacia el corral de su abuelita doña Ticu.


Figura 3. Puerta de ingreso a la casa de doña Ticucha, abuelita de mi primo Edgar, en su corral sacábamos leche.

Figura 4. Calle del barrio de Oropuquio, al fondo la esquina del corral mencionado.


Como todo había cambiado traté de ubicar el puquial, era difícil, construcciones por todos lados, por suerte apareció una señora con su fajo de shogla bajo el brazo, me acerqué a preguntarle si conocía el puquial de Oro Puquio, ella era la señora Ernestina Abarca, muy conversadora me dijo que había vivido mucho tiempo en la puna, cerca a Tinya, caminamos pocos metros hasta la esquina desde donde me señaló el lugar del puquio, casi indistinguible.

Figura 5. Al fondo el puquial de Oropuquio, todavía vive.


Con la mente retrocedida décadas, pisaba con calma, casi buscando mis huellas, a cada paso, volvía a los lados para reconocer los caminos, algunos todavía como antes, el prado verde que conducía a cochapata, hacia aquel reservorio de aguas turbias, donde muchas veces nos bañábamos.


Figura 6. Camino hacia cochapata, mezcla de antigüedad y modernidad.


Me acerqué como incrédulo, han transcurrido casi 45 años desde aquéllas épocas de mi niñez, y, el puquial todavía vierte sus aguas, pocas, pero suficientes para devolvernos la alegría de saciar nuestra sed de memoria, de nostalgia y de alegría por el reencuentro con nuestras raíces.

Figura 7. Gota a gota, se resiste a desaparecer el puquial de Oropuquio, barrio cuna de los bravos del Cahuide, como Juvenal y los Navarro.

Chiquián, 20 de febrero de 2008

Escuelita de Mi Vida… La Pre 351

Cuando recuerdo mi infancia, en los años 60, imagino las duras y gastadas carpetas de madera, el “block” de anotaciones (denominado borrador) y los cuadernos forrados con papel azul, etiqueta roja y “vinifan”, donde trabajábamos las tareas de los cursos “en limpio”.


Figura 1. Los muros son testigos de lo que fue una gran escuela, la más grande de Chiquián.


El único libro que portábamos eran las enciclopedias, Venciendo o Fanal, los usábamos diariamente. Estaban usaditos pero bien conservados, nuestros hermanos mayores los habían cuidado muy bien y con seguridad de nuestras manos pasarían a otras, por ello estaban sin anotaciones.


Figura 2. El bosque de Chiccho, de las chacras de don Martín Vásquez, especial centro de los ejercicios de batallas, a puro cuyllumpi.


Con el ajado maletín de cuero que colgaba sobre nuestro hombro subíamos y bajábamos las pircas de las chacras, cuando en las guerras que a puro coyllumpi nos enfrentábamos en el bosque de don Martín Vásquez en Chicho o cuando bajábamos a Shapash a través de enredados matorrales para un buen chapuzón.


Figura 3. Muro sobreviviente de la esquina del bosque de la escuela, camino hacia Shapash.


Los lápices, regla, borrador, que contenían los cuidábamos como oro, pues sabíamos de la “tanda” de las madres en caso los perdieses, a pesar de eso de vez en cuando los usábamos como arcos para los partidos de fútbol que en alguna calle iniciábamos.

Figura 4. Pared de la parte posterior de la escuela el bosque y la piscina quedaban allí.


La pizarra de cemento y color negro, yacía al fondo del aula, el pupitre del profesor a un costado, luego dibujos, cuadros, mapas, símbolos patrios y otros adornaban sus paredes, nuestra escuela era de las mejor acabadas en la ciudad, por no decir la mejor, sus ventanas altísimas para nuestra estatura, solo servían, como debe ser, para dar paso a la luz en grandes cantidades, no para distraernos ni oír el bullicio de las calles.


Figura 5. Una casa tìpica de Chiquián en la calle cercana a la escuela.


Allí en lo alto a casi 4 o 5 metros estaba el techo, los terrados se entrelazaban y se veían fuertes lo suficiente para darnos seguridad ante los estremecedores truenos y rayos de las abundantes lluvias de algunos meses del año.


Figura 6. La calle comercio vacía, la lluvia del mes de febrero infaltable después de las 4 pm.

En la parte posterior del aula había espacio para improvisar ejercicios de teatro, cantos, depositar herramientas didácticas, hasta incluso montar un museo propio.


Las mañanas frías y desagradables de los lunes las iniciábamos con la entonación del himno nacional, en el patio donde todas las secciones formábamos en columnas, los más pequeños desaparecíamos tras los más altos.
Con la voz afinada de profesores y músicos a la vez, como don César Figueroa y Oswaldo Vicuña, las voces de los pequeños gorriones escolares estremecían y alegraban a los inmensos cipreses y eucaliptos que adornaban los pasadizos, patios y el bosque de nuestra escuela.


Aguardábamos el recreo con ansiedad, la campana a mitad de la mañana, anunciaba el ¡din, don! ¡din don! de la ¡Libertad!. Salíamos cual peces en el rio, directo al bosque a jugar el subibaja con árboles caídos, o a cazar arañas y alacranes desmontando las piedras de las pircas, o jugar un partidito Cahuide - Tarapacá o Alianza-U.
De vez en cuando los encuentros eran tan competitivos que algunos volvían al aula con las narices coloradas y golpeadas o chinchones en la cabeza.


Con alegría iniciábamos en la tarde nuestras clases de carpintería, el profesor Quispe sabía que con esas enseñanzas alguno de los alumnos se ganaría la vida, por eso era muy exigente y meticuloso, lo mismo pasaba con Oshava en mecánica, metiendo carbón para la fragua, martillando el latón o soldando.


En zapatería don Feliciano, cual abuelito, con paciencia y regaños nos enseñaba a preparar la suela, las estaquillas, los chinches, el cáñamo, pero mientras pestañeaba preparábamos “cocos” para nuestros falsos “chimpunes”.


En industria, don Cástulo, nos estimulaba a conocer y usar los colores naturales de las plantas que luego se convertirían en tizas y acuarelas.


En agropecuaria, don Crisólogo, nos incentivaba a atender a los pollitos en la granja y a preparar el compus, para abonar la tierra para el almacigo y luego llevar a la siembra y alcanzar la cosecha. El curso no acababa si no participabas de la venta de los productos en la feria del mercado y reforzar la cooperativa estudiantil.


Las clases aun no habían concluido al salir de la escuela, pues ante la cercanía de una actividad deberíamos preparar una obra teatral. Nuestras madres estaban avisadas que a la salida iríamos a la casa del profesor para ensayar, allí con la seriedad de actores calificados, cantábamos, declamábamos, nos ejercitábamos día tras día, teníamos que volver a encantar al auditorio del teatro municipal, y poner nuevamente en alto el nombre de nuestra escuelita 351 tal cual lo hicimos en la excursión a Huari.


Hoy mientras leía los diarios sobre la educación y las opiniones de eminencias, expertas en enseñar en escuelas privadas de mucho dinero y capitalinas todas, recordé a mi escuelita, a mis profesores don Anatolio Calderón, Jorge Bravo y Arcadio Zubieta y a mis amigos Efra, Calolo, Milo, Quique, Gela y Javi chiuchis de entonces, hoy caminantes que nos alumbran con sus huellas en la tierra y el más allá, con nostalgia, que no significa tristeza, por el contrario, alegría, alegría por reconocer y comprobar que en ese pequeño pueblo de Chiquián, tuvimos una primaria, revolucionaria en metodología de aprendizaje, y que hoy en Lima, los más adinerados quisieran tenerla.


¡Si o no Javi, tú que desde lo alto ves todo, sabes que mucho valió crecer en Chiquián y estudiar en nuestra escuelita 351!

Chiquián, febrero de 2008

Cortamonte Carnavalesco en la Plaza de Armas de Chiquián

Un entusiasta grupo de chiquianos liderados por la Sra. Gloria Romero, Dora Saldivar y María Calderón, luego de un almuerzo espectacular de una sabrosa pachamanca


Figura 1. La pachamanca cacera hecho para los participantes del cortamonte


y con el acompañamiento de la banda de músicos Juventud Chiquián, subieron por la calle comercio,


Figura 2. Papas, carne de cordero, de pollo, camote, y queso, abastecieron las fuerzas para los machetazos que se vendrían.


hasta la plaza de armas, donde les esperaba un hermoso árbol muy bien vestido. Ayudados desde un camión tiraron los objetos al árbol, más pintorescos que caros. Lo importante era verlo colorido y bailar a su alrededor bien pintarrajeados. Allí desde las 4 pm hasta la 9 pm, bailaron el hualluyculay, y el arbolito de manzana, no había joven que se escapase del pintarrajeo, bailando ahí a pesar de la lluvia persistente.


Figura 3. El árbol de tronco grueso, duró buen tiempo, mientras la lluvia, trataba de impedir la alegría, pero la gente estaba decidida.recibieron el aplauso de la gente concurrente.

Nos volvieron a la mente las grandes yunsas o cortamontes del mercado de abastos de la calle Sáenz Peña. Hay que aplaudir esta actividad, pues recuerda los hermosos cortamontes de la ciudad de Chiquián, que parece se están extinguiendo.

Chiquián, febrero 2008